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PARTE EL ALMA: Volvieron a Venezuela tras emigrar hace años y lo que encontraron los traumatizó

Han pasado años desde la última vez que aterrizaron en Maiquetía, pero ya ni siquiera se trata del mismo aeropuerto que revoloteaba en sus recuerdos, con Cruz Diez desgastado por tantas despedidas.


Poco permanece igual. Antes de pisar Venezuela sondearon el parte de guerra que ofrecen las noticias. Por qué alguien va a querer visitar un país en que el no hay alimentos, ni medicinas y que se posiciona como el segundo más violento del mundo, se preguntan allegados, conocidos y amigos.


La inflación desbocada hizo que perdieran la noción del dinero y, como remoquete al caos, su arribo coincidió con las amenazas de que el billete de mayor denominación perdería por completo su valor.

Han pasado ocho años desde la última vez que Nella Ruggiero pasó una Navidad en su casa de Las Acacias, en Caracas. Vive en Madrid desde 2008. Para ese entonces la inflación en Venezuela cerró en 30,9% –ya era la más alta de la región–; hubo elecciones en las que Antonio Ledezma le ganó a Aristóbulo Istúriz la Alcaldía Metropolitana y el Conde del Guácharo perdió en Anzoátegui frente a Tarek William Saab, actual Defensor del Pueblo. Hoy se calcula que la inflación de 2016 cerró rondando el 500% y las elecciones regionales que debían realizarse a finales de año fueron postergadas a una fecha incierta del primer semestre de 2017. Aunque Nella haya nacido acá, llega a un territorio desconocido.

“Un país en el que hay gente hurgando en la basura para poder comer te desploma”, confiesa Ruggiero, que en España trabaja en la Academia Iberoamericana de Gastronomía. Describe a sus coterráneos como desmejorados, ojerosos y envejecidos. Fue la primera impresión que se llevó en el aeropuerto, entre quienes esperaban a los que llegarían de Europa.

“Es rarísimo. Se contradice la emoción de encontrar a los seres queridos después de meses o años con el impacto de ver a la gente con la tez gris, mucho más cenicienta. Se nota que todos hacen un gran esfuerzo por hacer una vida normal, dentro de lo anómalo”. 

Para llegar sorteó un retraso de siete horas en el vuelo de Conviasa que la devolvería a su país tan solo por quince días. Sintió entonces los primeros síntomas del miedo. Llegó pasadas las ocho de la noche ya agobiada por lo peligroso que sería salir en penumbra del terminal aéreo.

Ruggiero aprendió que en la sucursal del cielo la noche es un tiempo vedado. Cuando estudiaba Periodismo en la Universidad Central de Venezuela no era así: “Recuerdo una Caracas profundamente nocturna. Una ciudad búho. Ahora todos los encuentros deben ser entre las tres o las cuatro de la tarde, antes de que oscurezca, y en Los Palos Grandes, que parece ser el único sitio al que se puede ir, pero en donde a las ocho ya te están pidiendo que, por favor, te vayas porque van a cerrar”.

Esa ciudad que perdió la noche también perdió las aglomeraciones decembrinas. “Hay huecos de personas. Falta gente”, sostiene. De sus navidades estuvieron ausentes los vecinos de Las Acacias que en Noche Buena salían a abrazarse y felicitarse. Ahora mira las calles en las que se creció desoladas, oscuras y lúgubres: “Eso te hace sentir más insegura. Es como si estuvieras permanentemente al acecho”.

Su casa no se ha pintado en años. Dice que es como si el tiempo en Caracas se hubiese detenido. Salva las distancias, pero agrega que le recordó a La Habana.


Cuando tener dinero es un problema

Betty Zapata acababa de llegar a Venezuela cuando el presidente Nicolás Maduro desató el caos al anunciar que al billete de 100 bolívares le quedaban 72 horas de vida –decisión luego postergada. Se fue del país hace 11 años y tenía dos diciembres sin visitar a su familia. “Todo era surreal”, apunta.

“Había gente que no aceptaba los billetes y otros que sí, además de que me impresionaba mucho ver a cualquiera con pacas de dinero en la calle”. 

Ella misma no sabe qué hacer con tanto dinero encima que sirve para muy poco: “Me daba miedo que la gente notara que me costaba manejarme con los fajos de billetes porque me sentía insegura”. El recorrido del aeropuerto a casa consistió en un interrogatorio a su hermana para entender qué era barato y qué caro.

Ruggiero también perdió noción del valor real de las cosas. Se asombra de que en Farmatodo una simple esponja cueste entre 6.000 y 8.000 bolívares. “Al cambio son dos o tres euros. Es más caro que en España”.

En Coro, ciudad de la que es oriunda Zapata, la fotógrafa se encontró con un campo abandonado.

“Me dio mucha tristeza ver todas las fachadas de las casas deterioradas. Se nota que la gente no tiene dinero para pintar porque ahora hay otras prioridades, y muchas cosas dañadas porque no hay recursos para repararlas”. 

Eso pasó con el carro familiar. Un choque en enero de 2016 lo mantuvo parado durante nueve meses. En septiembre lograron ponerlo a rodar: “Funciona pero sin aire acondicionado, y te imaginarás que en Coro eso es un calorón”.

Zapata se dio cuenta de que ya no es tan fácil tener una harina en casa para hacer arepas, ni queso blanco para rallar, e hizo por primera vez una cola para comprar pan: “Hasta que no lo vives no lo comprendes”. En la cola escuchó comentarios de genta ya acostumbrada a bregar por el bollo de pan; pero también hubo quien se mostró violento o agresivo. Como Ruggiero, utiliza el adjetivo “desmejorados” para describir el aspecto de los venezolanos con los que se cruzó, y agrega que también lucían tristes. Pese a lo malo, rescata lo positivo: “Vienes y te sientes querido, especial, porque tu familia, en medio de la situación, trata de darte todo lo que puede”.

Desespero por comer

A la enfermera Scarlett Flannery la realidad le azotó de frente desde el propio aeropuerto:

“Llegaron al mismo tiempo vuelos de Bogotá, Panamá y España y las cintas que transportan el equipaje no funcionaban. Nada más había dos operativas”. 

Después se encontró con las troneras de la autopista Caracas-La Guaira y, aunque apenas tenía un año sin venir, se asombra con los motorizados que transitan sin casco y con las personas que violan una y otra vez las leyes.

La alegría de llegar a casa se mezcló con la decepción de ver su edificio sucio, con las paredes raspadas, además del olor a basura que impregna la parroquia Candelaria. “Es como si no limpiaran”, especula.

Lo que más le impactó fue el hambre. “El primer día que llegué invité a mis cuatro mejores amigos a la casa. Les dije que no trajeran nada, que yo ponía una caja de cerveza y las arepas. Había perico, carne molida, jamón y Rikesa para acompañar. Lo que me sorprendió es que a mí ni siquiera me había dado tiempo de comer y ya ellos me estaban pidiendo más. Había mucho desespero al momento de comer. Eso me pone mal porque siento que pueden estar pasando hambre”. La carestía también la notó en la vestimenta.

“Todo el mundo lleva la ropa grande, las camisas y pantalones les cuelgan. Los zapatos los tienen rotos o descosidos. A mis padres toda la ropa les queda muy grande”.
Le partió el alma que su mamá le dijera que en fin de año comió mejor que en Navidad: “No quiso comprar pan de jamón. Me dijo que estaba muy costoso y que no valía la pena gastar en eso porque yo no estaba aquí”.

La propina del cuida carros

Para Valentina Ovalles no escasean las comparaciones. Recuerda que cuando se fue del país, hace tres años, ganaba 8.000 bolívares como periodista y que ese dinero le alcanzaba para darse un gusto de vez en cuando. “Sin que eso representara una inversión o tener que desbancar tu presupuesto”. También que el kilo de queso Santa Bárbara costaba 950 bolívares y ahora se lo encontró en 10.000; y que la deuda con un taxista se saldaba con uno o dos billetes: “Ahora parecíamos un cajero al momento de pagar. Cuando yo me fui el billete de más alta denominación era valioso. Ahora es la propina del cuida carros”.

Dice que al llegar se encontró de frente con la viveza criolla. No habían ni siquiera recogido las maletas cuando los trabajadores del aeropuerto, con el uniforme del Seniat, se les acercaban para pedirles que les compraran las botellas de licor en el duty free que a ellos les están vedadas. “Seguro para revenderlas”, augura.

En esta visita no hubo caminatas nocturnas, porque ahora todo está “súper solo y oscuro”. Opina que es a propósito, una estrategia del Gobierno para que quienes por una u otra razón decidieron quedarse, vivan con miedo.

La experiencia les bastó. Un mes en Venezuela es suficiente para vivir el desasosiego, y el mejor recuerdo de la familia es el del reencuentro y no el de las estrategias para sobrevivir. Unas no tienen intenciones de regresar, a menos que sea de visita, y otras esperan la oportunidad de reconstruir, cuando se pueda.


Vía: El Estímulo / EMILY AVENDAÑO @Emily_Avendano

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PARTE EL ALMA: Volvieron a Venezuela tras emigrar hace años y lo que encontraron los traumatizó
Han pasado años desde la última vez que aterrizaron en Maiquetía, pero ya ni siquiera se trata del mismo aeropuerto que revoloteaba en sus recuerdos, con Cruz Diez desgastado por tantas despedidas.
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